miércoles, 10 de octubre de 2012

10. El secreto

La fiesta de la sala principal por la victoria era descomunal. Había litros y litros de alcohol, comida a rebosar, refrescos, dulces, fritos y muchísimas cosas que África no veía desde hacía meses. Había también una consola con micrófonos para cantar y numerosas pantallas con juegos de distintos tipos. Todo el mundo se estaba divirtiendo.

África bajó a su cuarto y cogió un uniforme limpio mientras pensaba en lo que había pasado durante la batalla. Entendió que no podía odiarle como ella intentaba, que tenían un vínculo, una unión. Se soltó la trenza y, despacio, se metió a la ducha.
Una vez vestida se sentó en el banco del vestuario y sintió como una mano cálida le acariciaba las costillas despacio. Se giró y vio a Fran mirándole con curiosidad.
-¿Estás bien?
Ella sonrío delicadamente y le acarició la cara mientras cogía la venda para colocársela.
-Sí, es sólo que no termino de acostumbrarme a que todo el peso recaiga en mí, ya sabes, como Capitana.
-¿Qué te ha pasado? Por un momento casi perdemos, nos dejaste solos. Esto está basado en el trabajo en equipo y tú te descentraste, desapareciste y conseguiste la bandera por tu cuenta, sin contar con nadie. Pensábamos que tres meses de trabajo en equipo, de entrenamientos, bastarían para que entendieses cómo son aquí las cosas, pero parece que sigues como siempre, a tu bola y eso aquí no lo podemos aceptar, África. Ni aunque seas la persona que más amo en el mundo. O estás con nosotros o contra nosotros, pero no puedes ir a tu aire mientras los demás caemos. El fin no justifica los medios. Si esto hubiese sido una batalla de verdad, muchos hubiésemos muerto por tu lucha individual sobre la bandera.
África levanto lentamente la mirada y se apartó de él, mientras contenía las lágrimas.
-Bueno, perdóname. A mi nadie me preguntó si quería venir aquí, nadie me dijo qué iba a pasar, ni qué responsabilidades iba a tener. Me trajisteis aquí sin avisarme, “por mi propia seguridad”, dijisteis. Pero y yo, ¿qué? Tenía mi vida en Madrid, quería estudiar, hacer una carrera. No voy a negar que me encanten las misiones, que me vuelva loca la idea de tener un objetivo y buscarlo y que, aunque no sepa por qué, se me da inusualmente bien. Pero tampoco voy a permitir que te me subas por las ramas, Francisco. Hice lo que creía que tenía que hacer. Estábamos rodeados y encontré un hueco entre los enemigos. Encontré la bandera y, sin pensarlo, fui hacía ella para que eso acabase lo antes posible. Que te parezca bien o no, es cosa tuya, no mía. Y ahora, si me perdonas, la gente estará preocupada.
Sin pensárselo dos veces se levantó y se dirigió a la habitación. Abrió la mochila que había guardada en el armario con sus cosas que no había sacado todavía y saco un cigarro del único paquete de tabaco que tenía allí. Subió hasta arriba y se sentó en la azotea, con las piernas colgado en el edificio.

-El tiempo a veces se vuelve loco, porque aquí no llueve a menudo. ¿No te parece extraño a ti? –dijo Limbo mientras se sentaba a su lado.
-Dicen que en el desierto suele haber tormentas…no creo que sea tan extraño.
-Sabes que aquí no se permite fumar, África.
África le miró con sarcasmo mientras daba una calada larga y echaba lentamente el humo.
-Tampoco se permite beber, y hay una fiesta en la planta de abajo que rebosa alcohol hasta por las ventanas.
Limbo se empezó a reír, mientras la abrazaba.
-Si alguna vez tengo una hija, me gustaría que fuese como tú. Luchadora, imposible y tentadora. Eres realmente impresionante; más de lo que esperábamos.
África sonrió notablemente mientras apagaba el cigarro y él se levantó y se fue lentamente, dejándola sola.

La lluvia siguió cayendo, lenta, tranquilamente; mientras que su corazón cada vez iba más rápido, al compás de sus decisiones. Estaba confundida, abrumada. Quería muchísimo a Fran pero le asustaba que hubiese un pero por en medio. Apoyó su cabeza en las rodillas y cogió aire despacio mientras pensaba en esas dos semanas de vacaciones que tenía por delante. La única cosa que tenía claro era que no quería poner en peligro a su familia y que tampoco quería estar con Fran todo el rato, puesto que habían pasado tres meses pegados. Necesitaba tiempo libre: para ella sola.

Bajo a su habitación y se encontró un sobre con su nombre en letras claras y precisas, con un billete de avión a Quebec y una nota en la que ponía:

“Hotel Zero 1, Suite superior, dos semanas. Recuerda: es un secreto. D.”