En silencio
se tumbó en su cama mirando al techo. Habían pasado ya dos días y todavía no le
habían encontrado. Carla se paso la mano por el pelo con nerviosismo. ‘¿Y si le
ha pasado algo?’. No quería ni pensar como se pondría el jefe de ser así. Se
sentó y se miró en el espejo de enfrente. Estaba rara. Desde que entró en La
Organización se sentía distinta. El pelo, los ojos, el cuerpo; todo había
cambiado. Miró la foto que tenía en la repisa: una niña de 10 años con el pelo
pelirrojo larguísimo, con los ojos verdes y regordeta, muchas pecas y una
sonrisa inmensa. Quiso sonreír al ver que en la foto llevaba a su perrito de
peluche, Dog, en la mano, pero no pudo. Era imposible sonreír en la situación
en la que se encontraban. Volvió a mirarse al espejo sabiendo que ya no quedaba
prácticamente nada de la niña de la foto en él. Llevaba el pelo corto justo por
debajo de la oreja, lentillas marrones, maquillaje para tapar las pecas y no
había ni rastro de aquella sonrisa.
Justo en ese
momento, él atravesó la puerta con su sonrisa y, aunque siempre lo arreglase
todo, aquella vez era difícil.
-¿La habéis
encontrado?
Él negó con la
cabeza perdiendo la sonrisa.
- Ni rastro
en su casa, ni en la de ningún familiar; El Grupo ha buscado en las afueras y
en los pueblos de alrededor pero nada. Nadie la ha visto desde el viernes,
nadie ha oído nada de ella y, por supuesto, nadie sabe dónde está. No sé cómo,
pero ha huido.
Ella se
acercó a él y le abrazó. Sabía lo que le dolía perder aquel caso. Había estado
siguiéndolo desde que cumplió los 18, cinco años atrás. Sabía que África era su
punto débil. Se quedó mirando aquellos ojos grises en los que tanto le gustaba
perderse.
A veces,
resultaba irónico que una chica de 15 años como ella se sintiese atraída por un
chico más mayor y que prácticamente le ignoraba, pero Carla nunca se rendía.
Sonrío interiormente, se puso de puntillas y le besó. Fue un beso corto,
rápido, de apenas dos segundos; lo que tardó él en retirar la cara y apartarse.
-Está noche
saldré con El Grupo hacía Nueva York. Vamos a ver si, por algún casual, se ha
sentido amenazada y ha ido a casa de sus padres allí. Sea como sea, mañana al
amanecer tendréis noticias urgentes. Buenas noches, Carla. –dijo mientras se
volvía.
Ella le sujeto
la mano y le atrajo hacía si. Volvió a besarle, acercándose más. Él se dio por
vencido. Intentar retener a aquella niña era como intentar mantenerla en su habitación
todo el día. Le pasó la mano por su espalda y la cogió en brazos, mientras la
besaba casi desesperadamente. La tumbó en la cama y la separó de él. Respiró
hondo, una, dos, tres veces. Le acarició la cara y salió rápidamente de la
habitación.
Carla se
sentó en la cama disgustada. Otra vez, era la décima vez que se lo hacía ese
mes. Se fue hacía el baño y se quitó el maquillaje. Se duchó y se puso el
pijama. Cuando se tumbó en la cama se puso a pensar lentamente en todo aquello
que le había pasado en aquellos años.
Ella también
había huido…al principio.
15 de Mayo
del 2009, Pradera de San Isidro, Madrid.
-¡Carla, no
te vayas lejos! –le gritó su madre.
Ella se giró
y sonrió fugazmente mientras hablaba con sus amigas. Se sentaron en el césped
mientras comían rosquillas y se contaban sus secretos.
-Pues tía,
Ernesto ayer me regalo un anillo, -decía Margarita mientras les enseñaba un
anillo de plástico rosa.- dijo que quería ser mi novio por ser la más guapa de
la clase.
Carla y Yoli
se miraron y se rieron de ella. Marga no era fea pero, a veces, se creía más
guapa e inteligente de lo que realmente era. Era morena y delgada y tenía unos
grandes ojos azules. Yoli, en cambio era muy sencilla. Pequeña, callada, tímida
y amable. Aunque Carla pensaba que era la sencillez de Yoli lo que le hacía más
guapa que Marga.
-¡Carla, nos
vamos que papá mañana trabaja!
Carla se
despidió de Marga y de Yoli y se fue corriendo con sus padres y su hermano
Nico. Al llevar Nico le dio la mano y le miró con los mismos ojos verdes que
tenía ella.
Nico tenía 3
años y nunca hablaba. Era un niño tranquilo pero siempre sonriente. Carla le
adoraba.
Llegaron a
casa y Carla se puso a ver la tele. Entonces llegó un hombre mayor que llamo a
la puerta y habló con la madre de Carla. Le dio una carpeta y estuvieron
hablando todo el resto de la tarde en la cocina. Al final su madre, con
lágrimas en los ojos, le dijo a Carla que debía irse a un internado muy lejos
con ese hombre. Que le había contado lo mal que le iba en el colegio, que sus
notas eran horrorosas y que era un mal ejemplo para el resto de sus compañeros.
Carla sintió
que se moría. Estudiaba mucho y a menudo y nunca había suspendido un examen. No
sabía porque aquel señor le decía aquellas cosas a su madre.
Impotente,
tuvo que ver como su madre, muy enfadada por aquello, hacía la maleta de Carla
y preparaba sus cosas.
Con lágrimas
en los ojos, Carla salió corriendo de su casa sin que la viesen y huyó muy
lejos, donde nadie pudiese encontrarla. Pero entonces apareció él, con su
sonrisa y su “no te preocupes, todo va a salir bien”. Desde ese día, Carla
nunca se había enamorado de nadie más.
Carla abrió
los ojos en su habitación de La Organización. Estaba apunto de llorar y se
sentía cansada. Toda la farsa del internado, de aquel hombre: todo salió como
ellos lo planearon. Pero ahora ella quería estar allí. Formaba parte de ello.
Tres años después, mucho estudio, y unas cuantas misiones por delante, le habían
enseñado en quién de aquel lugar podía confiar. En él, claramente, en Mikel y
en El Grupo. El resto de personas únicamente les saludaban cuando se cruzaban
con ella o cuando estaban en el comedor.
Sonrío y
cogió su móvil. Marcó el número de su casa y, como cada noche, llamo a su
madre.
-¡Hola mamá!
-Hola Carla,
cariño, ¿cómo te ha ido el día?
Carla le
contó un falso día, como siempre. Una supuesta historia sobre qué había
estudiado, sobre lo crueles que eran sus profesores y los supuestos deberes que les habían mandado
ese día.
Siempre
agradecería tener una madre tan inocente. Le mandaba fotos cada mes, le hacía
una llamada cada día y, de vez en cuando, si tenía algo más de tiempo libre, le
mandaba correos o le hacía dibujos bonitos para Nico.
Sus padres
se habían mudado un año atrás a un pequeño pueblecito de Galicia donde vivía la
hermana de su abuela. Nico todavía no hablaba y ya tenía seis años así que su
madre, desesperada, había decidido mudarse para ver si eso le aportaba algo.
El supuesto
internado de Carla se encontraba a las afueras de Madrid pero, como no podían
recibir visitas ni salir, hasta que no cumpliesen la mayoría de edad, sus
padres no habían visto necesario esperarla.
Carla
escuchó a su madre, se despidió y colgó. Apagó el móvil y se metió en la cama.
Respiró despacio y, cruzó los dedos. 'Ojalá encuentren a África antes de que sea demasiado tarde", pensó.
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