Ante aquel sofocante sol de Kalahari, África se hallaba sentada tras una duna con los prismáticos apoyados en la tripa. Ya habían pasado tres meses desde que llegase a "El Limbo" como lo llamaban los residentes, pero a ella le resultaba totalmente lo contrario, "el infierno". Era enorme, laberíntico y desagradable. El edificio principal estaba formado por pasillos eternos y malolientes, numerosas escaleras y muchísimas habitaciones. Tenía 5 habitaciones subterráneas y 3 en la superficie. En la planta superior se encontraban los despachos de los comandantes, las salas de reuniones y un despacho de un tamaño descomunal, donde África suponía que se encontraba el jefe de todo aquello; en la segunda planta había una sala de ocio masculina y, separada por una puerta blindada, una sala de ocio femenina; en la primera, o planta baja, se encontraban la sala de armas, la recepción, la entrada y los monitores de vigilancia.
En el subterráneo se encontraba todo lo demás. La planta -1 estaba compuesta por las cocinas, los comedores, lavandería y cosas del estilo. Tres plantas completas por debajo se dedicaban a habitaciones y numerosos vestuarios, claro estaba que, con el calor que hacía en aquel sitio cuanto más abajo estuviese la habitación, más rango tenía la persona que la ocupase.
En la última planta tampoco se les permitía entrar. Estaba cerrada por una puerta blindada roja que ponía "ACCESO RESTRINGIDO. ÁREA PELIGROSA"y, desde el primer día, le habían advertido sus compañeras que: "un pie en ese sitio y estás fuera".
África se pasó una mano por la frente mojada y se dio cuenta de que estaba empapada. Aquellos uniformes horribles no pertenecían para nada a la temperatura que hacía en aquel sitio. Resopló y se tumbó en la tierra, esperando escuchar algún sonido procedente de al rededor. Estaban en pleno entrenamiento, pero ella no podía más. Llevaban tres horas bajo aquel sol sofocante, corriendo, agachándose, escondiéndose y sin agua. Ese era el objetivo.
A las 8 de la mañana, el Sargento elegía a dos capitanas para cada unidad, formando dos grupos, los cuales combatían durante horas bajo aquel sol sofocante para encontrar el agua que los chicos, minuciosamente, habían escondido la noche anterior. El grupo que encontrase el agua tenía derecho, a parte de a ese agua, a una comida especial de la comida cazada por los chicos aquella mañana. Los perdedores solían comer puré y patatas.
África volvió a resoplar de nuevo. Gracias a ella su grupo había ganado todos los días desde hacía dos semanas. Era rápida y se movía con delicadeza, sin dejar rastro. Al principio le costó bastante pero, cuando entiendo las reglas, se empezó a mover como si aquello lo hubiese hecho toda la vida. Era buena.
Recordaba como el Sargento le había nombrado Capitana cuando sólo llevaba dos semanas entrenado. Pero aquel día los chicos lo habían puesto más difícil que nunca. Había buscado en cada centímetro del perímetro, en cada rincón. Había dividido su cuatro, repartiendo unidades por los cuatro puntos cardinales. En vano.
Se quitó el jersey, harta de aquel calor sofocante. Cerró los ojos y se dejó absorber por el entorno. Lo registró piedra a piedra, centímetro a centímetro de aquella arena pequeña que se te pegaba a la piel. Pero ni rastro de la garrafa de agua. Harta, se levanto, se ató el jersey a la cintura y empezó a andar hacía la sombra de la entrada del edificio. Cuando llego delante del Sargento, le miró fija y arrogantemente y no lo dudó ni un momento:
-Aquí no hay agua, señor. -dijo mientras su grupo y el contrario, casi al borde de la insolación, se agrupaban detrás de ella. Cerró los ojos y buscó dentro del edificio- La garrafa que debería estar aquí fuera escondida, se encuentra en el piso -4, en la habitación 332. La suya, señor. -dijo mientras le provocaba con la mirada.
El Sargento miró a África sonriendo irónicamente.
-Señoras, la señorita Martinez afirma que la garrafa de agua que lleváis tres horas buscando por este atronador desierto se encuentra, casualmente, en mi cuarto, formando de ésta forma una grave acusación hacía un Superior. -la miró fulminándola con la mirada- Piensa que, por ser novia de un Comandante, puede ser arrogante y manipuladora, haciéndonos creer a todos que yo, he robado ese agua para consumo propio. Por eso opino que, sin ninguna duda, la señorita Martinez debe ser castigada.
África levantó la mirada desafiante. Notaba como él la miraba. Como miraba su cuerpo sudado, sus pechos brillantes por ese sudor tapados únicamente por aquel sujetador negro. Como la deseaba. Sonrío. El miedo hacía él de los primeros días se había esfumado, dejando paso al asco y a la pena.
Con decisión le rodeó y entró dentro, bajó las escaleras rápidamente, ignorando los gritos sobre las normas, las prohibiciones de entrar en habitaciones ajenas y las amenazas. Llego a la habitación 332 y, sin dudarlo, pegó una patada al manillar y abrió la puerta. Entró, abrió el armario y en el momento en el que el Sargento la cogió de la cintura levantándola del suelo para que se detuviese, golpeó la garrafa de agua con el pie y la hizo caer al suelo sonoramente. Él, la lazó contra la pared y la puso boca abajo, apretándole la cabeza contra el suelo con él píe.
Se sentó en su espalda y le recitó, gritando, las normas una a una y los castigos que correspondían al incumplir cada una de estas normas. Y ella, pese al cuerpo de éste contra su cuerpo, se giró para ponerse boca arriba y sonrío, recitándole con el mismo tono el resto de normas que le faltaban por decir.
Él levantó la mano y, sin dudarlo, se la estampó de lleno en la cara, partiéndole el labio.
En ese momento entraron por la puerta Fran y su grupo y vieron lo que había sucedido. La garrafa tirada en el suelo y él al lado encima de ella sujetándole con una mano las manos y, pegándole con la otra. Vieron el jersey de ella cerca de la garrafa y sus pechos fuera del sujetador por culpa de la agresividad con la que le estaba tratando el Sargento.
Fran dio un paso al frente, se colocó en posición y mirándole recitó:
-Los Sargentos, Comantantes y Subcomandantes podrán salir con las mujeres especiales siempre y cuando no se incumplan normas de comportamiento ni de estatuto con ésta relación. A su vez, ésta relación protegerá a la mujer, librándola de cualquier pelea por la parte masculina. De incumplir está norma, el Soldado, Sargento, Comandante o Subcomandante que se acerque, toque a ésta o la agreda, tanto física como psicológicamente, será expulsado inmediantamente de la compañía, sin capacidad de volver ni de ingresar en ningún puesto derivado una vez fuera de ésta.
El Sargento levantó la cabeza a la vez que paraba y le miró fijamente. Levantó la mano cerca de la cara de Fran y sonrío:
-A mi un crío no me va a decir no lo que tengo que hacer.
-Un crío no, pero yo sí. -dijo el General Infierno mientras entraba en la habitación- Prepara tus maletas y reúnete conmigo en mi despacho en veinte minutos con tus cosas. Pediré un coche de Gobierno para que te saqué de aquí y te llevé a la ciudad que elijas que no sea la de nacimiento ni tenga relación ninguna con tu vida pasada.
Se agachó y, sin ningún esfuerzo, levantó a África del suelo y se la llevo a la enfermería.
Africa abrió los ojos desorientada y dolorida. Le dolía hasta el último músculo del cuerpo y sentía entumecimiento en varias partes de éste. Al fondo de la sala había un hombre alto, de unos cincuenta años. Tenía el pelo totalmente blanco, una musculatura inimaginable y unos ojos grises que a África le recordaban los días de tormenta. Intentó sentarse en la camilla pero la habitación empezó a dar vueltas.
El hombre sonrío y se acercó a ella, apoyándola suavemente contra la almohada y tendiéndole un vaso de agua.
-¿Cómo te encuentras? -le preguntó.
Tenía una voz grave y profunda, pero no se percibía ningún atisbo de odio en ella.
-Estoy bastante mareada y me duele todo.
Él la cogió en brazos y se la llevo a la habitación de Fran, la metió en la cama y la tapó con la manta.
-Gracias -dijo ella mientras se empezaba a quedar dormida de nuevo a causa de los medicamentos.
Él la miró preocupadamente. Tenía muchos moratones, un labio partido, una ceja con tres puntos y varias costillas partidas; pero sabía que se recuperaría. Era fuerte.
Se dio la vuelta y se dirigió hacía la puerta.
-¿Cómo te llamas? -dijo ella mientras le miraba fijamente desde la cama con sus enormes ojos azules.
Él sonrío.
-Soy el General Infierno. Pero tú puedes llamarme Limbo.
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