lunes, 28 de mayo de 2012

6. La pesadilla

África se despertó al día siguiente cansada y aturdida. Se estiró por completo y se puso la almohada en la cabeza para evitar que el sol, que entraba excesivamente por la ventana, le diese en la cara. Se giró y su pierna chocó levemente contra la de Fran. Intentó recordar lo que había pasado la noche anterior. La graduación de su hermano, la fiesta, el baño, Carla, la confesión de Fran y la borrachera que se cogieron después, gracias a la cual tenía una laguna mental de dimensiones sobrehumanas. ¿Dónde estaban?
Se tapó con la manta entera y abrió los ojos despacio, acostumbrándose a la breve luz que entraba ahí debajo. La sábana era de seda roja y la almohada tenía una funda blanca muy suave. Vio a su derecha el cuerpo desnudo de Fran y se miró a si misma. Sacó la mano de la manta y, en vano, intentó buscar su ropa interior por el suelo cercano a la cama. En ese momento Fran comenzó a reír y la abrazó.
-¿Ni buenos días ni nada? -dijo mientras se metía él también debajo de la manta y le besaba.
Ella rió y le apartó con la mano mientras él, decidido introducía su mano entre las piernas de ella.
-¡Francisco! -dijo ella mientras salía de la manta y se separaba de él.
Él le miró provocativo desde la cama y le tiró las bragas. Ella sonrío y, mientras se las ponía miraba la habitación curiosamente. Aquello no era Nueva York, de eso estaba segura.
-¿Dónde estamos?
Fran sonrío.
-Nuestros amigos lo llaman "El Limbo", nuestros enemigos "El Infierno". Sinceramente, yo prefiero llamarlo hogar.
África se acercó a la pared y vio en un corcho diversas fotos de ellos dos durante toda su relación, entradas de cine, cupones de ferias, entradas de conciertos, tiquets de helados y listas de libros. Al lado, en una estantería tenía una foto del Zoo de muchos años atrás. Eran él, de niño, abrazado a una niña pequeña pelirroja con el pelo muy largo detrás de un delfín.
-¿Es Carla? -preguntó.
-Si, -dijo mientras se levantaba y la abrazaba por detrás- era la pequeña Carla.
-¿Qué cambió?
Fran sonrío con ironía.
-Pensamientos distintos, supongo. Perspectivas distintas sobre lo que es el bien y lo que es el mal.
-¿Qué es esto?
-Nuestro proyecto se basa en la ayuda al Gobierno. Reclutamos gente especial que sea capaz de poner en marcha operaciones especiales que una persona normal no podría llevar a cabo nunca. Trabajamos, en la mayoría de ocasiones a favor del Ejército. Su caso es distinto. Ellos tienen una visión especial de las cosas. Se encargan de encontrar a gente, capturarla y hacer que le cuenten lo que quieren. Ni siquiera nosotros sabemos que buscan en realidad, llevan poniéndonos piedras muchos años. Cuando entre en esta sociedad se me prohibió por completo el contacto con familiares y amigos. Tengo prohibido mantener incluso el contacto visual con ellos. Se me asignaron unos padres nuevos y una escuela del Servicio Inteligente del Ejército. Durante todos estos años, mi misión ha sido mantenerte a ti a salvo y la he cumplido hasta el final.
África le miraba boquiabierta. No se podía creer que él estuviese diciéndole todo eso.
-Entonces, ¿no me amas?
-Claro que te amo. Pero me han educado para distinguir entre las cosas importantes y las superfluas.
En ese momento entró en la habitación un hombre alto, moreno, con el pelo prácticamente rapado y los ojos grandes y serios. Llevaba un traje de militar y varias medallas en la camisa.
África se tapó los pechos con las manos y se sonrojó.
-Correcto. Que esté a salvo es importante. Su amor por usted, en estos momentos, es superfluo -dijo mientras que Fran se ponía el uniforme.- A partir de ahora usted también tendrá que aprender a distinguir entre las cosas que se pueden hacer aquí y las que no. Tenemos unos horarios de ocio establecidos y fuera de ellos usted tendrá que estar en la sección femenina y él en la masculina -le tendió una carpeta llena de archivos, normas, un mapa y una tabla de horarios-. Dormirá aquí, con Fran, en su cuarto. Está prohibido salir del recinto sin autorización superior. Tiene tres llamadas al día, una por la mañana, otra al mediodía y otra por la noche. No sé permite tabaco, ni alcohol, ni sustancias estupefacientes. Ahora, acompáñeme. -dijo mientras salía de la habitación.
África miró a Fran, que observaba fijamente al hombre, aterrada. Éste, le hizo un gesto con la cabeza para que le siguiese. Se acercó a él y le susurró al oído:
-¡Estoy desnuda!
Fran tragó saliva y le miró seriamente.
-Síguele.
El hombre volvió a entrar en la habitación y le agarró del brazo, haciendo que se le cayese la carpeta. La llevo, casi a rastras, por delante de toda la gente de los pasillos hasta un vestuario y la tiró a la ducha.
-A partir de ahora, cuando yo le diga algo, lo cumple. -dijo mientras le quitaba las bragas y abría el grifo del agua fría.
África chilló e intentó salir de allí, pero él tenía más fuerza que ella, así que la mantuvo dentro del agua durante, al menos, diez minutos más. Cuando ya estaba prácticamente tiritando, y había agotado todas sus fuerzas de resistirse a aquello, él la soltó y cerró el grifo. Ella se tapó el cuerpo con las manos y salió con cuidado de la ducha. Él cogió un uniforme de mujer y se lo tendió, junto con una toalla.
-Le esperó en 10 minutos en la puerta. -dijo mientras abandonaba el vestuario.
Ella se secó despacio y se miró los diversos moratones que le había provocado. Tenía varios en las piernas, de arrastrarla por el pasillo, uno en la mandíbula del golpe al meterla en la ducha y su gran mano entera marcada en el brazo, de sujetarla. Una vez seca se puso unas bragas que habían junto el uniforme y un sujetador. Y rompió a llorar. Había visto mil veces lo que pasaría si Él, Carla, Mikel y El Grupo la raptaba. Pero algún que otro golpe no tenía ni punto de comparación con la vergüenza que había tenido que pasar en ese sitio. Con la humillación de ser arrastrada desnuda y golpeada. Se secó las lágrimas y miró, por primera vez el uniforme. Era un jersey de cuello alto y manga larga verde militar y unos pantalones de camuflaje largos. 'Horrible', pensó mientras se lo ponía. Finalmente, vio debajo unas botas militares y miró la talla: 38. Se las puso y se dirigió al espejo. Se hizo una coleta alta y salió fuera, donde le esperaba aquel soldado agresivo.
La miró con asco y empezó a andar rápido. Subió diversas escaleras sin detenerse, sin esperarla, esperando que se perdiese, pero ella era rápida y no le perdía. Llegaron a la superficie y salieron al exterior.
-Bienvenida a Kalahari. -dijo mientras se ponía la mano delante de los ojos para ver delante de aquel sol insoportable del desierto.
A África se le calló el alma a los píes. Había intentado escapar de un sueño y, ahora, estaba viviendo su mayor pesadilla. 

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