domingo, 27 de mayo de 2012

5. Verdades


Se dirigió al armario y se puso el traje para bajar al evento en el salón del hotel, puesto que se le estaba haciendo tarde.
Abrió la puerta para salir pero, en ese momento se chocó con alguien que estaba dispuesto a llamar. Bajo la vista y la miró. Era Carla. Iba vestida con un largo vestido del mismo verde que sus ojos y se había hecho varios tirabuzones sueltos en el pelo.
Ella sonrió intensamente cuando se dio cuenta de que él le estaba mirado. Se puso de puntillas dispuesta a besarle pero, como era usual en él, giró la cara y miró hacía el pasillo.
-Llegamos tarde -dijo con rapidez.
Se giró y corrió hacía las escaleras. Al llegar a ellas comprobó que todos estaban en sus posiciones. Mikel arriba, en el extremo derecho; El Grupo abajo, rodeando el salón; tres guardaespaldas en la puerta del recibidor; y Carla arriba en el extremo izquierdo, justo detrás de él. Está vez no la dejarían escapar. Estaría rodeada.
Miró a Mikel que miraba fijamente la puerta con gesto de asombró y siguió la dirección de su mirada. Estaban sus padres, Mario y África...cogida de la mano de la persona que menos esperaban ver allí.
Cuando Mikel le miró con los ojos llenos de lágrimas y casi al borde de la desesperación supo lo que tenía que hacer. Afirmó con la cabeza, dejándole al mando, subió las escaleras corriendo y, casi al vuelo, metió a Carla en el pasillo y se la llevó a la habitación.
-Pero...¿qué? -dijo ella asombrada.- ¿Qué pasa?
Él, dio un puñetazo a la puerta del armario, rompiéndola, se giró y la beso, levantándola del suelo.
A Carla se le abrieron los ojos de par en par del asombro. No se podía creer que eso estuviese pasando. Pero se subió a él, le rodeó el cuello con los brazos y se dejó llevar.

En el salón, África le buscó con la mirada por las escaleras, en el sitio donde debía estar. Pero no le encontró. No vio nada sospechoso aparte de la seguridad del hotel. Cerró los ojos y sonrío. 'Mejor así', pensó.

Desde su posición, Mikel la miraba fijamente. Esa chica cada día lograba sorprenderles más. No sólo había escapado en todas las ocasiones en las que le habían buscado, si no que se presentaba allí de la mano del enemigo tranquilamente. Resopló y se apoyó en la columna. Con él allí no podían hacer nada, ni siquiera intentarlo.
Durante dos eternas horas tuvo que aguantar verles juntos, sonriéndose, bailando, abrazándose. Hasta que él, inocente, cometió el mayor error. La dejó ir sola al baño. Mikel sonrió y dio la seña a El Grupo para que lo sacasen de allí, necesitaban a Carla. Corrió hacía la habitación en la que estaban y, simplemente, dio tres golpes consecutivos en la puerta. Él abrió. Estaba cansado y, se veía a simple vista el esfuerzo que había hecho haciendo eso para mantenerla a salvo. Miró fijamente a Mikel y resopló, era ahora o nunca. Entró en la habitación y se sentó al lado de Carla para despertarla.
-Es la hora, está sola.
Carla le miró desorientada. ¿De verdad lo había hecho? ¿Con él? Se pasó la mano por el pelo avergonzada y levantó la cabeza para besarle. Esta vez él no aparto la cara, pero fue breve.
-Vístete, tenemos muchísima prisa. -se levantó y fue a donde estaba Mikel.- ¿Dónde está?
-Abajo, en el baño, llevará unos cinco minutos, así que no creo que tarde mucho más.
Carla apareció ya vestida y sonriendo.
-¿A qué esperamos, entonces?
Y salió corriendo hacía las escaleras. Bajó al baño y entró. África se estaba lavando las manos en aquel momento. Cerró la puerta desde dentro con la llave.
-Hola -dijo sonriendo.
África la miró confundida. Sabía quién era, la había visto cien mil veces en todos sus sueños cada vez que intentaban ir a por ella, pero aquella vez no se esperaba encontrársela allí.
-Hola, Carla.
Carla se quedó mirándola. ¿Sabía como se llamaba? La miró primero con asombró, después con miedo y finalmente sonrío.
-Así que sabes quién soy, será más fácil de esta manera.
África negó con la cabeza y se sentó apoyada el la pared, dándose por vencida. Esa vez no lo había visto venir. Había fallado. Tenía señalados en la cabeza los sitios del hotel a los que no debía ir sola. Pero aquel no era uno de ellos. Había observado durante 24 horas las diferentes alternativas, los diferentes planes. Pero había algo que había cambiado todo aquello. Que no le había permitido ver aquel.
-Esta bien. Habéis ganado. Déjame aunque sea, despedirme de mi familia. -dijo con lágrimas en los ojos.
En ese momento se abrió la puerta y Carla giró la cabeza. Estuvo a punto de desmayarse en cuanto le vio.
Era un chico joven, de unos dieciocho años. Le conocía perfectamente. Sabía que si subía la mirada a sus ojos se encontraría los mismos ojos verdes que tenía ella y que, si le miraba la muñeca derecha, se encontraría un tatuaje con su nombre. Le miró asombrada, sin creérselo. Miró su pelo moreno, rizado y corto. Miró aquella cara con los rasgos duros de su padre y miró el hoyo que se le formaba en el moflete cuando sonreía de aquella forma. Finalmente miró sus ojos. Aquellos ojos que veía diariamente en el espejo.
Él también se quedó mirándola con el gesto más duro que hubiese usado en su vida. Sabía quién era, por supuesto. Sabía que pertenecía a La Organización. Sabía que no podía hablarle bajo ningún concepto. Tenía prohibido hasta mirarle. Resopló lentamente mientras recordaba como caían las lágrimas por sus mejillas seis años atrás, cuando se fue. Con doce años, él también tuvo que abandonar a sus padres y coger su mochila. Pero de él no se acordaba nadie, se habían encargado de eso. Nadie menos Carla.
Así que, finalmente, La Organización había decidido ir a por África. 'Esto va a ser divertido', pensó.

Carla miró una última vez a África que les miraba a ambos sorprendidos por el enorme parecido entre ellos. Sin decir nada, le rodeó y salió del baño y subió a la habitación ante la mirada de los miembros de La Organización. Al subir las escaleras él le sujetó el brazo y la miró. Ahora entendía por qué se la había llevado antes y por qué había hecho eso con ella. Negó con la cabeza llorando y se encerró.

En el baño, África rompió a llorar.
-Tranquila, no te va a pasar nada. Tienes que venir conmigo, aquí no estás a salvo.
-¿Era tú hermana?
Se levantó la manga derecha de la camisa y le enseñó el tatuaje que tanto tiempo llevaba ocultándole.
-Si, era mi hermana. -dijo Fran mientras se sentaba a su lado y  la abrazaba.


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