miércoles, 23 de mayo de 2012

4. Lluvia

Desde la ventana inmensa de su habitación del New York Palace, él contemplaba fijamente la catedral de San Patricio. Habían buscado, casi desesperadamente, durante un mes entero a África por toda la ciudad sin obtener resultado alguno. Se pasó la mano por la cabeza mientras observaba a la gente pasear por la calle.
Realmente era un día importante: aquella noche era la fiesta de graduación de la carrera del hermano de África, Mario. Él había estudiado Medicina en NYU School of Medicine y, aún sin haberla encontrado en ningún rincón de la ciudad, todos sabían que ella no se perdería un día tan importante como aquel.
Habían estado observando a su familia todos los días; a sus padres, en su residencia de verano en North Salem, una casa magnífica, con unas espléndidas vistas al lago; y a su hermano, que vivía en Midtown East, en el Ritz Plaza, en pleno Park Avenue. Les habían observado levantarse, desayunar, pasar el día, estar con amigos e incluso pasear. Pero nada. No había rastro de ella. Siempre se les escapaba de las manos cuando estaban a punto de atraparla.
Miró al techo disgustado. Llevaba varias noches teniendo pesadillas con ella y estaba muy preocupado. Realmente, la agonía de no verla, de no saber dónde estaba, con quién o si estaba bien le estaba matando, le provocaba una ansiedad irreconocible en él. Mikel decía que ella se estaba convirtiendo en su 'pequeña obsesión' y no estaba muy lejos de la verdad. Soñaba con ella. Con sus ojos azules y su largo pelo rubio, ondulado como el mar. Soñaba con su sonrisa, esa que eclipsaba cualquier cosa a la que se dirigiese. Estaba totalmente atrapado en esa chica de dieciocho años que le traía de cabeza.
Ya hacía mucho tiempo que habían llegado a la conclusión de que estaba huyendo de ellos, algo impresionante para todos. Cada vez que estaban a punto de encontrarla, ya no estaba. Así, sin más. No entendían como alguien tan joven, inocente y ajena a todo aquel tema podía huir justo en el momento preciso.
Se sentó en la cama pasándose los dedos por la sien al recordar la última vez. Todavía, sólo de pensarlo, le daban escalofríos.

Había ocurrido dos días antes. Mikel había recibido un simple SMS de su fuente con una única dirección: "Hotel La Explanada, habitación 25; 95 South Brodway, White Plains, NY 101601, United States". Enseguida lo planearon todo. Convocaron a todo el mundo en el New York Palace para una intrusión de emergencia y El Grupo, Mikel, Carla y él se prepararon para ir a por ella. Todo salió a la perfección. Ella estaba allí, se lo había confirmado el recepcionista. Éste, ya informado de aquello, les ofreció a Mikel y a Carla ropa del hotel para llevar a cabo su plan. Mikel se quedó en recepción. Carla de camarera. Esperaron como si fuesen simples huéspedes del hotel a que África bajase puesto que el plan no consistía en asustarla aún más apareciendo de pronto en su habitación.
Cuando se hizo de noche y se terminó la hora de la cena, él se levantó y se dirigió seriamente a El Grupo y a Carla:
-Abortamos la misión, chicos. Ella ya no esta aquí.
Mikel negó con la cabeza mientras se quitaba la chaqueta de aquel insoportable traje y le miraba.
-¿Quieres que subamos a registrar la habitación? -dijo mientras cogía la llave de la habitación 25 del estante.
-No, yo me encargo. Tú informa al jefe y los demás...los demás volved al hotel y descansad. Ha sido un largo día.
Cogió las llaves que Mikel le tendía y subió corriendo las escaleras hasta la habitación 25. Sin dudarlo, casi con prisa, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. La tele estaba encendida, la forma de su cuerpo seguía marcada en la cama, todavía caliente. La habitación conservaba su olor y había un cigarrillo encendido a medio terminar en el cenicero. No podía haber salido de la habitación más de 5 minutos antes y, en ese caso... Vio una nota pegada en la puerta y casi la arrancó.
"Sé que te duele que te lleve ventaja y eso me encanta. Ya no te tengo miedo. Sé quién eres, A.
Pd: ¿No querías verme? Anda, ¡asómate a la ventana!".

Poco a poco, apretando la nota con su mano con todas sus fuerzas, se acercó a la ventana. Allí estaba ella, desafiándole con la mirada. Cómo nunca antes ninguna mujer había hecho. Llevaba un vestido corto, suave, con flores y la espalda al aire; una trenza de raíz le llegaba casi hasta el final de su cintura y no había ni una gota de maquillaje en su rostro. Estaba sentada en la moto de Mario, dejando así al descubierto una parte bastante amplia de su muslo. Ella siguió la dirección de su mirada y sonrío. Él la miraba asombrado: le había esperado; cuando ellos llegaron al hotel ella ya lo sabía. Había esperado hasta el último momento para salir, para que le viese. Se miraron fijamente durante aproximadamente cinco minutos. El mundo se detuvo entre los ojos de ambos cuando la inmensidad de sus ojos grises se unieron a los ojos azules de ella. Ambos se veían perfectamente pese a la oscuridad de la noche, pero no se miraban la piel, ni la sonrisa, ni los cuerpos. Su mente se había detenido ahí, en el lugar donde se encontraban sus ojos. Ninguno era incapaz de apartar la mirada, de decir nada, de moverse. Los ojos de él le habían atrapado a ella y los de ella a él. Como cuando, en el momento clave, justo cuando tiene que huir, el conejo se queda atrapado mirando a el león, asombrado por su espectacular pelaje. 
En ese momento, los ojos de ambos dejaron caer una lágrima, al mismo tiempo. Una lágrima que, aunque no lo sabían, les marcaría para siempre. Ella sonrío sarcásticamente y arrancó la moto. 

África levanto la vista por última vez, volviendo a buscar desesperadamente sus ojos. Cuando los encontró, y el azul de sus ojos se junto de nuevo con el gris de los de él, esta vez sólo pasó una cosa: con un trueno empezó a llover y, desde entonces, no había parado. 



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