domingo, 20 de mayo de 2012

1. El sueño.

Ella se despertó cansada. Le dolía ligeramente el lado derecho de la cabeza y se sentía bastante incómoda. Más que en su cama, debajo de ella sintió suelo duro, frío, rugoso. Pasó los dedos por el suelo y comprobó que, efectivamente, era suelo. Intentó pensar pero aquel horrible dolor de cabeza le taladraba cada vez más.
¿Dónde estaba? Entonces lo recordó.

-Si, Fran, enseguida llego, sólo me voy a duchar, tardo diez minutos.
-¿Me lo prometes?
-Te lo juro.
Últimamente estaba bastante controlador. Hasta el punto de llegar a resultar pesado, realmente. Pero ella le quería. Se quitó la ropa mientras encendía la radio del baño para meterse en la ducha rápidamente. Había quedado con Fran diez minutos más tarde y no quería llegar tarde. Sabía que a él no le gustaba. Abrió el agua caliente y se abandonó totalmente a aquella ducha, pero tampoco tenía mucho tiempo así que cantando a voz en grito 'No love' de Simple Plan se enjabono rápidamente y salió de la ducha. Apagó la radio al mismo tiempo en el que se oía un fuerte ruido en el salón. Se puso la toalla y se apoyó en la puerta para escuchar.
-Deja eso donde estaba. Te he dicho que no toques nada, puede que ya nos haya oído.
En ese momento África sintió un horrible estremecimiento. Aquella voz. Estaba segura de que la había oído antes, en algún sitio. Abrió lentamente la puerta y, sigilosamente, se dirigió hasta su habitación. Se vistió rápidamente y miró por la ventana. 'Imposible, vivo en un 6º', pensó. Barajó las diversas alternativas: la puerta de entrada estaba a escasos metros del salón, justo en el otro lado de donde se encontraba ella; al otro lado de la casa, en el despacho de su padre había una salida trasera que dirigía al patio interior de la casa y que, con suerte impediría que la viesen.
Cogió rápidamente la mochila que tenía preparada para salir con Fran y corrió hacía el despacho de su padre. Entró, cerró la puerta y...en ese momento se dio cuenta de que había cometido el mayor error de su vida.
Con un simple 'clac' escucho como una llave cerraba la puerta que tenía a sus espaldas. Y como un chico, de unos 20 años, estaba sentado sin reparo alguno en la silla de su padre.
-Buenas tardes, África. -dijo él mientras le tendía una carpeta, bastante gruesa con su nombre.- No queremos hacerte daño pero debemos llevarte con nosotros. Hace ya bastantes años que te observamos, hemos aprendido cada movimiento tuyo. Sabíamos que, si escuchabas un ruido en el salón, tu mejor opción sería ésta salida. Debo decir que con tu novio en medio se nos ha hecho difícil llegar hasta ti está semana pero que, gracias a tu ducha de última hora, le hemos mandado un mensaje diciéndole que, por sorpresa, tus padres habían llegado de Nueva York una semana antes y que querían pasar tiempo contigo.
África cogió la carpeta con recelo y la abrió. Le parecía increíble estar viendo eso. Fotos de su nacimiento, del hospital, de su primera comida, su primer baño, sus primeros pasos, su primer día de clase, su primer dibujo, de su infancia, de su niñez. Pero había más. Su primer día de instituto, su primer examen, su primer suspenso, su primer novio, su primer beso, las salidas con sus amigas, conversaciones con profesores sobre trabajos. Estaba toda su vida en esa carpeta, relatada con fotos con su debida fecha y hora, desde que nació hasta ese día. Cómo se había despertado esa mañana, cómo se había vestido rápidamente porque llegaba tarde, el desayuno apresurado, la mochila de clase, cómo había llegado a su último día de exámenes de segundo de Bachillerato, la salida, el llegar a casa, la comida. Todo. No se lo podía creer.
Cerró la carpeta y se dejó caer lentamente en la silla con los ojos llenos de lágrimas. Esa gente lo sabía todo de ella. Hasta cuando se había mordido una uña más de lo debido o cuando había abrazado a su madre en el sillón viendo la tele.
-¿Qué queréis de mi?
Él sonrío. Era guapo, quizás excesivamente. Tenía el pelo rubio y la piel clara. Los ojos grises, sin expresión, demasiado serios. Alto, atlético. África sabía que de haber intentado escapar, él le habría sujetado con una sola mano sin ningún tipo de esfuerzo.
Él se levantó y abrió la puerta del patio. Fuera había dos hombres vestidos totalmente de negro y con gafas de sol.
-Metedla en el coche y, si intenta escapar, ya sabéis que debéis hacer. Rápido.
Los dos hombres la sujetaron por los brazos e la sacaron por la puerta despacio, sin hacer ruido. Ella sonrío y, en cuanto salieron del patio, dejó caer la chaqueta que tenía en la cintura al suelo.
Los hombres la miraron y la soltaron para que la recogiese. Y echó a correr, tenía que intentarlo. En diez milésimas de segundo estaba tumbada en el suelo inconsciente.

Se tocó lentamente la cabeza con los dedos y notó la sangre seca en el pelo. Debía llevar allí tirada unas horas. Empezó a abrir los ojos con cuidado pero no había luz. Estaba sola y a oscuras en una habitación no muy grande. Se sentó con cuidado y apoyó la espalda contra la pared mientras respiraba con dificultad.
Justo en ese momento se abrió una puerta que estaba situada justo delante de ella y entró él. Otra vez sonriendo.
-¿Cómo te encuentras?
Ella no contesto y le miró con odio.
-En un rato mandaré a alguien para que te curé esa horrible herida. Hasta entonces deberías beber un poco de agua.
Se agachó y le tendió una botella de agua. Hasta ese momento ella no se había dado cuenta de la sed que tenía. Notaba la boca seca y los labios cortados. Se la quito, casi con ansiedad, y se la bebió entera. Él le acarició el pelo con suavidad sin esperarse que ella, con fuerza, le estampase la botella de lleno en la cara.
Sonrío. Le encantaba aquella chica, tenía carácter.
-Buenas noches. -dijo mientras salía y volvía a cerrar con llave aquella puerta.
En ese momento, mientras ella se dormía por el somnifero que llevaba el agua, él todavía no podía ni imaginarse cuantos dolores de cabeza posteriores le traería aquella chica.

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